martes, 29 de diciembre de 2015

Leo

Y por último, nuestro Leo. Sus 15 años fueron una lección de superación y perseverancia. Nada le hizo desistir nunca. Sus tres patitas, le permitieron correr y conseguir lo que quiso. No se asustaba por nada y en los últimos tiempos cogió una afición especial a enroscarse en mi cuello, nunca le preocuparon las aglomeraciones, él sabía hacerse un sitio y desplazar a cualquiera, más fuerte, más grande o más joven. Tengo el consuelo de haber estado con él hasta el último día, cuando ya su cuerpo no aguantaba más, pero su espíritu seguía siendo el del león.

Briseida

Su apodo era Reina, porque tenía un porte majestuoso y una belleza deslumbrante, nació de una madre que no destaca precisamente por su físico, pero que es extremadamente cariñosa y canina que sigue con nosotros y con su  prudencia, creo que durará muchos años más. Brisi era selectiva y no le gustaba mucho la compañía de los otros gatos, quería mucho a las personas, pero prefería estar sola con la persona elegida, sin compartirla. Daba los mejores masajes, con esas patitas anchas y ese pelo sedoso y fuerte, que nunca dejó asomar una uña, como si no tuviese.
Era mi compañera de Yoga. Esperaba con paciencia que terminase las posturas y finalmente se colocaba encima para relajar o meditar. Con ella era mejor. Daba paz y serenidad    

Jaci

Es uno de los hijos de nuestra Bambi que su madre nos trajo antes de morir para que la cuidásemos, lo hicimos, pero antes de esterilizarla tuvo 5 pequeños a los que  tratamos de buscarles una buena casa. A este peque lo llevamos a Madrid, pero creo que era demasiado corriente y su adoptante cambió de idea y nos dio plantón. Volvimos a casa y él estaba malito, así que decidimos que su suerte era quedarse y no le buscaríamos ningún otro lugar. Tenía una cara dulce y serena. Quería mucho a su hermana Neri y a todos los que convivíamos con él. La calle y no sabemos si algún desalmado, hicieron que él no esté con nosotros.

Piecito



Piecito era un pequeño dinosaurio que perdió a sus papás y se arriesgó en múltiples aventuras hasta encontrar el Valle Encantado. Allí estaban sus abuelos y su paz, el final feliz. Lo que todos buscamos.
Un domingo llamé a la bella Briseida y llegó a mis manos este pequeñito de unos dos meses, flaquito y corriente, como mil gatos atigrados. Pero pronto descubrimos que no era tan vulgar, se hizo cargo de Piecito que llegó un mes después, lo consoló cuando lloraba a su mamá, aunque él mismo también era un bebé.Y mientras tanto, se iba transformando en un gatazo grande, con unos ojos como esmeraldas y un pelaje corto y brillante. Con una gran inteligencia y unas ganas de recibir y dar caricias. Se supone que también sintió curiosidad por el mundo exterior y algo le ha impedido seguir siendo nuestro niño grande

Pou

Si alguien me había puesto de mal humor, bastaba decir su nombre y llegaba rápidamente, con un regalo de alegría para mí en esa carita de chinito enfadado.  Era Pou. En los últimos meses había conseguido un cuerpo rechonchito y fuerte que daba ganas de achucharlo sin parar. Era nuestro bebé, que lleno de curiosidad, volvía a explorar el territorio donde había nacido y perdido a su madre, un sitio al que nunca dejó de pertenecer y que no sabemos por qué terminó quedándose con nuestro Niño rubio. Así le llamábamos cuando aún tenía miedo y no nos permitía tocarlo. Cuando nos mordía. Acabó siendo un amor, buscando caricias y dando agradecimiento, siempre. Todo en menos de un año, tristemente.



miércoles, 16 de diciembre de 2015

viernes, 11 de diciembre de 2015

Determinación, tolerancia y dulzura

El pasado 15 de Noviembre hizo 15 años que Leo llegó a nosotros. Con su patita inutilizada por la crueldad de alguien, que por más que lo intentamos no pudo conservar. Así ha vivido una existencia feliz, supongo. Sin considerarse nunca minusválido, con una gran perseverancia para conseguir lo que quería. Ahora vemos cómo su cuerpo adelgaza y lo traslado de un cesto a otro agarrándolo como debió hacer su madre de niño, pues pesa muy poquito y creo que así se siente bien, como un bebé, sin hacerle daño, con suavidad y delicadeza.
Es el ocaso que ahora más que nunca, vemos a nuestro alrededor y nos hace comprender que habría que ir terminando asuntos pendientes, simplificar nuestra vida y cambiar la acritud por dulzura, porque ese es el recuerdo que queremos dejar, por lo menos yo, como hoy he dicho a una amiga, tolerancia, que es respeto por las opiniones y actitudes de los demás. Y dulzura: Suavidad, ternura, bondad, afecto, benevolencia, sencillez. todo eso pone en mi diccionario y aunque son cosas irrelevantes o casi, a los 30 años, luego ya no. Ahora, son deseables.